Estoy cansada, ahora no.

Esta mañana mientras iba en el bus, saqué la nariz del libro y levanté la cabeza. Fue entonces, cuando me percaté de que vivimos en una sociedad cansada, sin vida. Todos iban dormidos en el autobús, ¡hasta los que van de pie! Nadie va disfrutando del paisaje, nadie leyendo, algún que otro zombi por ahí con el móvil, pero los menos, casi todos dormidos. Y eran las nueve y media de la mañana, no vayáis a pensar que eran las siete. Y esta escena se repite, al menos dos veces al día. Porque el bus de regreso a casa es el mismo cuadro.

Esto puede afectarme de dos maneras, paradójicamente contradictorias. La primera es que me deprime profundamente. Empiezo a pensar que la vida no vale y no le encuentro sentido nada. La otra, es que me dan muchas ganas de vivir, de animar a esa gente, de hacer cosas y de no parar. Y ninguna de las dos está bien porque la segunda, aunque parezca muy positiva, es un ultrapositivismo falso. Es la boca del pez que se muerde la cola. Es donde empieza todo. Comenzamos con querer aprovechar el tiempo de estar vivos y acabamos agotados porque no tenemos tiempo ni para dormir. Lo peor de todo, es que es adictivo.

“Cuando el cuerpo se detiene, la mente se mueve”.

Volviendo a la escena del bus, recordé algo que había leído hace tiempo que me movió mucho en ese momento, pero que no lo sentí tan cercano como ahora. También yo he vivido una progresión hacia el cansancio de alguna manera cronificado. Durante todo el proceso que me llevó de ser una estudiante hasta el trabajo y cómo me fui metiendo en el mundo laboral, fui saltando de ciudad en ciudad, desde una infancia a caballo entre un pueblito de 300 habitantes y uno de 30.000, hasta vivir en una de las ciudades más pobladas del mundo, donde me encuentro actualmente.

“Salto de proyecto en proyecto y me siento más productiva, más creativa, más lista y más todo. Y todo, es más. Pero nada más, sólo cantidad. ¿Por qué siempre queremos más?”

Recordé al filósofo, Byung-Chul Han, que a pesar de que ser coreano es el filósofo estrella de Alemania. Él denomina a este fenómeno en el que vivimos como la sociedad del cansancio (Müdigkeitsgesellschaft en alemán) y no creo que haya un nombre mejor para lo que estaba ocurriendo en ese autobús y para lo que muchos vivimos a diario. Varias de nuestras conversaciones a lo largo del día tratan este tema y, muchas veces, vienen acompañadas de un: “no puedo”, “no tengo tiempo”, “me encantaría, pero estoy taaan cansada…”.

¿No sabemos parar? ¿Lo hemos olvidado? O, ¿tenemos que volver a aprender? La necesidad de parar y descansar, la estamos obviando como si la hubiéramos superado. Pero lo que en realidad parece es que no hemos entendido nada. Viviendo como vivimos, no llegamos a nada. Cuando el cuerpo se detiene, la mente se mueve. Y se mueve libre y creativamente, no como si fuéramos autómatas, porque al final con tantas tareas no da tiempo a pensar, sólo a ejecutar y eso lo podrá hacer cualquier robot dentro de muy poco y no será algo valorable a nivel humano. Pero somos algo más, ¿no?

“Vivimos en la era de la individualidad y el narcisismo, donde nosotros somos el centro, pero somos el centro cuando estamos con otros, nos reconocemos en contraposición a los otros”.

Yo reconozco que no sé parar. Soy una de ellos. A veces me estreso porque no he hecho nada en todo el día. Y salto de proyecto en proyecto y así me siento más productiva, más creativa, más lista y más todo. Y todo, es más. Pero nada más que eso. Sólo es cantidad. ¿Por qué siempre queremos más? ¿Dónde está el silencio, la pausa, la reflexión? Por qué hasta ir a yoga y la meditación son una obligación, una cosa más en la lista de lo que “hay” que hacer.

Saber parar, volver a arrancar y empezar de nuevo. Parar el trabajo, parar el ruido, parar la gente. Parar. Olvidar que tienes un teléfono y un trabajo. Olvidarte que tienes una vida. Por un momento, por un segundo, darte ese pequeño lujo. Valorar el silencio. Disfrutar de estar solo y no hacer nada. Hasta está mal visto estar solo, casi no encontramos espacios donde estarlo y a fuerza de pasar tanto tiempo con otros nos cuesta estar con nosotros mismos. Tenemos contradicciones muy extrañas porque
vivimos en la era de la individualidad y el narcisismo, donde nosotros somos el centro, pero somos el centro cuando estamos con otros, nos reconocemos en contraposición a los otros. También estos momentos de calma sirven para parar el mundo y bajarnos, como decía Mafalda, del trajín del día a día en el que nos vemos arrastrados, sin pensar tan si quiera si queremos vivir como lo estamos haciendo. 

“El trabajo nos absorbe como si fuera un mar que no se puede contener en una oficina y lo invade todo”.

Además, no son sólo nuestras locas decisiones las que nos agobian y no nos permiten tener tiempo realmente nuestro. Como dijo Bauman “El viejo límite sagrado entre el horario laboral y el tiempo personal ha desaparecido. Estamos permanentemente disponibles, siempre en el puesto de trabajo”. El trabajo nos absorbe como si fuera un mar que no se puede contener en una oficina y lo invade todo. No prestamos la atención suficiente a nada por estar a tantas cosas a la vez. Los ratos en familia o con los amigos muchas veces son compartidos con periodos de trabajo o interrumpidos constantemente por un móvil. Los momentos de calidad son cosa del pasado. O dedicamos cuatro días para ver una película completa, no podemos arrancar ni dos horas libres de nuestra ajetreada vida. Y la vimos en nuestra hora de comida. Por lo que cuando comemos, tampoco comemos. Un maestro budista me enseñó un día que hasta cuando comemos hay que tener atención plena, saborear cada uno de los ingredientes, juntos y por separado, dedicarles y dedicarnos el tiempo necesario. Lo merece y lo merecemos. Es algo que como mediterráneos traemos en la sangre, pero que con la globalización y el ritmo de vida actual estamos perdiendo.

“Creemos que sabemos más, pero sabemos peor. Es lo que Han llama la información total, donde no se permiten lagunas de información”.

Sigue diciendo Bauman que “cuando una cantidad cada vez más grande de información se distribuye a una velocidad cada vez más alta, la creación de secuencias narrativas, ordenadas y progresivas, se hace paulatinamente más dificultosa. La fragmentación amenaza con devenir hegemónica. Y esto tiene consecuencias en el modo en que nos relacionamos con el conocimiento, con el trabajo y con el estilo de vida en un sentido amplio”. Creemos que sabemos más, pero sabemos peor. Es lo que Han llama la información total de la sociedad de la transparencia, donde no se permiten lagunas de información.

Han cita a Baudrillard para explicar cómo nos hemos convertido en nuestro peor enemigo y cómo esto nos hace daño. “La depresión es una enfermedad narcisista. El narcisismo te hace perder la distancia hacia el otro y ese narcisismo lleva a la depresión, comporta la pérdida del sentido del eros. Dejamos de percibir la mirada del otro”. Nosotros mismos somos nuestro mal y podemos salir de esto buscando a los otros, pero de una manera genuina. Porque todo este “cansancio” y narcisismos no nos deja tiempo para los demás, la amistad y el amor. O al menos, no a lo que antes llamábamos amor. Dedicarnos tiempo a conocer a una persona, incluso al sexo, estamos siempre taaan cansados.

Además, de toda esta situación nace un círculo vicioso que empieza en nosotros, sin tiempo para los demás y vuelve a nosotros mismos, que dedicamos todo nuestro tiempo a nosotros, porque vivimos en una sociedad individualista y narcisista.

“Se crea un círculo vicioso que empieza en nosotros, sin tiempo para los demás y vuelve a nosotros mismos, que dedicamos todo nuestro tiempo a nosotros”.

La única solución es abrirnos a los demás, volver a tener relaciones como en el pasado, recuperar el tú a tú, relaciones físicas y de contacto. No agobiarnos con lo que hacemos cada día, la mayoría de nosotros tenemos trabajos que nos parecen lo más importante del mundo, pero debemos abrir el cuadro, no todos los trabajos pueden ser los más importantes del mundo, ¿no? Lo mismo ocurre con creernos las personas más especiales del planeta, somos normales. Y eso está muy bien. Vivamos la normalidad como si fuera algo extraordinario.

La salida está en abrir. Abrir los brazos, los ojos, abrir la mente. Abrirnos al mundo.

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