Ser salvajes, para volver a ser seres humanos

Siempre me gustó andar descalza, coleccionar piedras y bañarme en los ríos. Es por eso que siempre digo que soy silvestre. Y creo que nací animista. Desde pequeña acariciaba los árboles, creía en el poder de la naturaleza, estaba como enamorada de ella. Ahora que estoy más lejos de ella, y no por distancia especialmente, sino por la cantidad de tiempo que paso en ella o más bien por el tiempo que no paso en ella, la echo mucho de menos.

“Es como si nos hubiéramos convertido en otra especie. Ya no somos seres humanos, somos seres urbanos”.

He empezado a pensar, a buscar e investigar sobre la importancia que tuvo en mi infancia este continuo contacto con la naturaleza, vivir rodeada de ella. Y he llegado a la conclusión de que es como si nos hubiéramos convertido en otro tipo de especie. Una que piensa que ha superado todo lado salvaje, como si estuviéramos por encima de eso. Ya no somos seres humanos, somos seres urbanos.

Pero, el “ser urbano” no existe. ¿Por qué nos forzamos a convertirnos en algo que no existe, algo que no somos? ¿Por qué ya no queremos ser “seres humanos”? Puede que se nos haya olvidado, puede que hayamos perdido la costumbre, puede que recordar sea tan fácil como ir a convivir un rato con la naturaleza. Volver a estar enamorados de la naturaleza, no olvidar que siempre lo hemos estado. Que venimos de ahí. Que venimos de ella. Si nos dejamos querer ella nos enamora y somos uno con ella. Eso se siente cuando vas al bosque, a la montaña o cuando miras el mar hipnotizado durante horas.

“Como el lobo que pertenece a los bosques y a ellos vuelve. Nosotros necesitamos volver a la naturaleza y no menospreciar esta necesidad. Somos silvestres, somos salvajes. Para hacernos más civilizados, debemos recordar esto”.

Yo sí quiero volver a ser humana, un verdadero ser humano completo que entiende lo que le rodea y lo respeta. Además, creo que la felicidad radica en eso. Vive ahí, en esos momentos, en esa naturaleza, en esa sencillez. La felicidad no es algo complicadísimo de hallar, pero nos volvemos locos buscándola. La tenemos delante y no la vemos, porque no estamos aquí. Estamos a otras cosas, en otros lugares como en el trabajo, haciendo la lista mental del súper, en aquella discusión que tuvimos, etc. Y todo eso vive o en el pasado o en el futuro. Pero definitivamente no aquí.

Como el lobo que pertenece a los bosques y a ellos vuelve. Nosotros necesitamos volver a la naturaleza y no menospreciar esta necesidad. Somos silvestres, somos salvajes. Para hacernos más civilizados, debemos recordar esto. Nuestro cuerpo no lo ha olvidado. Cuanto menos convivimos con la naturaleza, en vez de civilizarnos más hace más complicada la convivencia, prestamos menos atención a los demás seres humanos y seres vivos; y sufrimos de estrés, entre otras.

“Cuanto menos convivimos con la naturaleza menos civilizados y seres humanos somos”.

Y no solamente es bueno para el alma, sino que también nuestro cuerpo lo nota. Echa de menos su elemento. Además, tenemos en nosotros unos movimientos naturales que hemos ido amoldando a la vida diaria en vez de al revés y los hemos perdido. Esto provoca que hayamos perdido, también, algunas características naturales. Somos naturalmente fuertes, pero desconocemos nuestro cuerpo y lo que podemos lograr con él. Nuestro cuerpo está hecho para aguantar mucha más caña de la que le damos y cuando no se la damos la busca. La llama.

Captura de pantalla 2017-02-08 a la(s) 9.40.46 a.m..pngPor eso, sentimos la necesidad de huir, de ser más salvajes, de evadirnos con alcohol y con drogas, las vacaciones nunca son suficientes, queremos viajar como locos y el wanderlust nunca estuvo tan de moda. A veces no hay que irse tan lejos para reconectar. Quizá lo tenemos al lado de casa. ¿Cómo puede ser que tengamos este déficit en lugares como México, donde reina la naturaleza? Pues porque el cambio empieza en la cabeza, en las decisiones y en la educación. Muchas veces vemos un problema, como puede ser el estrés y no vamos más allá, a la raíz. Se descubren muchas cosas cuando hacemos esto.

Ya que nosotros no hacemos caso a todas las señales que aparecen a nuestro alrededor, la naturaleza nos las manda a nuestro propio cuerpo, donde ya no podamos evadirlas más. Nos quiere eliminar. Siento que la montaña debe acordarse de cuando respetábamos, de cuando éramos aparentemente más inconscientes, pero actuábamos bajo una conciencia. Nos quiere recordar ese momento en el que no matábamos si no íbamos a comer o pensábamos en las consecuencias de nuestros actos. Como dice Aldo Leopold, en su libro “Thinking like a mountain”, la montaña ve más allá de lo que nosotros vemos a simple vista. Ella ve hasta la última consecuencia de nuestros actos. Es ver el cuadro completo. Ella por ser mucho más grande de tamaño puede verlo todo de una vez. Y por llevar mucho más tiempo en la Tierra que nosotros sabe de lo que habla, sabe lo que se hace y sabe que lo que hacemos se lo hacemos a todos.

Es el momento de que reconectemos con la naturaleza. Nos está mandando mensajes por todas partes. Nos está matando. Nos está eliminado para llamar nuestra atención. Si no le hacemos caso, es probable que lo siga haciendo y más rápido.

“La montaña ve más allá, hasta la última consecuencia de nuestros actos, ve el cuadro completo. Sabe de lo que habla, sabe lo que se hace y sabe que lo que hacemos se lo hacemos a todos”.

Pero, también hay un atisbo de esperanza. Cuando volvemos a ella, la naturaleza nos recompensa. Es como sentir el llamado de la selva, el bosque o lo natural, lo originario. Y ahí volvemos a sentirnos como antes. Esos efectos los arrastramos y tienen cambios visibles y duraderos en nosotros.

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Caminar descalzo es una de esas cosas en las que rápidamente podemos ver los efectos positivos en nosotros. Es bueno en general, pero podríamos resumir sus beneficios en que mejora nuestra vida, bienestar y ánimo. También ayuda a regular el sueño, uno de los grandes problemas de este siglo, aunque este se ve determinado por otros factores que también tienen que ver con vivir de un modo más natural.

Caminar descalzo ya es bueno, pero si además lo hacemos en el bosque, en la playa, en la naturaleza… es el doble de bueno. Y, de hecho, cuando nos privamos de este contacto puede tener consecuencias para el resto de nuestras vidas. Incluso existe un trastorno por déficit de naturaleza, como lo llamó Richard Louv en su libro “El último niño de los bosques”. En este se basa sobre todo en las consecuencias que puede tener el privarnos de la naturaleza en la infancia y cómo estas consecuencias las podemos arrastrar durante toda nuestra vida.

Volvamos a la naturaleza, incluyámosla en nuestra ajetreada rutina. No como una actividad más, como ir a inglés o a clase de solfeo, si no como ir a ver a una buena amiga que hace mucho que no vemos.

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