La vida Kaiseki

Decir Kaiseki nos habla de una comida elevada, no por complicada si no por completa. Tanto en número de platos como en significados. Esta comida típica de la gastronomía japonesa se caracteriza por ser servida a la hora de la cena y estaba íntimamente relacionada con la ceremonia del té. Ahora es una comida ligera que se usa como entrada en los restaurantes japoneses y se ha perdido parte del ritual y significado.

En este tipo de comida tradicional puedes probar muchos platillos a la vez, abarcando desde 6 hasta 15 platos diferentes. Esta, nos invita a comer frutas y verduras frescas y de temporada, a aprovechar lo que tenemos ahora, y disfrutarlo porque es perecedero. Pero este hecho no se toma como algo negativo sino todo lo contrario, tratando de aprovecharlo, es un momento de deleite. Esa cena, esos alimentos están pasando ahora mismo, delante de nosotros. Por pequeños e insignificantes que parezcan merece la pena prestarles atención. La atención suficiente y necesaria. Eso nos ayuda a vivir en el presente, a saber disfrutar de las pequeñas cosas, a apreciarlas por lo que son y eso es más que suficiente. A no querer esperar más, no es conformarse, es más una manera de aprender a disfrutar de la vida y a ser feliz. Es simplificar.

“Los japoneses nos pueden enseñar a disfrutar de lo perecedero. A elevarlo a nivel de arte”.

Aprovechar la frescura, la temporada… es lo que hay. Es hacer la mejor comida con nuestras posibilidades. Se cuida cada pequeño detalle, nada es porque sí y se deja a la presentación un papel muy importante. Esto abarca desde los platos que se utilizan, cómo se disponen y cómo se decora cada plato.

Lo mismo ocurre con la vida, podemos amargarnos la existencia pensando en lo que perdimos, en lo que no tenemos y nunca tendremos o aceptar lo que hay y hacer con ello la mejor vida posible. Podemos volvernos locos buscando por el mundo ese ingrediente que nos falta o crear un nuevo sabor maravilloso con lo que tenemos en este momento. Pero como hemos visto es muy importante la intención, cómo se predispone, los intentos de platos diferentes, la variedad y los detalles. No es hacerlo de cualquier manera, lleva un trabajo y todo acaba por tener significado. Por eso, podemos traducirlo a nuestra propia vida y darle nueva chispa a nuestro trabajo de siempre o a nuestra pareja de hace 10 años. Pero hay que cuidarlo, trabajarlo, darle significado y mimarlo. Es lo mismo. Es crear todas esas combinaciones, crear ese nuevo sabor increíble con lo que hay. Es sacarle todo el jugo al momento presente, sacar su mejor sabor. Recrearnos en ese momento que se va a acabar.

“Esos alimentos están pasando ahora mismo delante de nosotros. Por insignificantes que parezcan merece la pena prestarles atención suficiente y necesaria. Eso nos ayuda a vivir en el presente, a saber disfrutar de las pequeñas cosas por lo que son”.

Podemos aprender mucho sobre esto de los japoneses, de los orientales en general. Que construyan una fiesta nacional en torno a la floración de los cerezos nos habla de lo mismo. Es apreciar a nivel de obra de arte un micromomento natural del año. Esto se puede convertir en una filosofía de vida. Porque a pesar de lo que creemos “carpe diem” no significa que vivíamos como locos, saltando en paracaídas cada día. Es disfrutar del día a día, de cada momento, pero muchos de estos momentos son “pequeñas cosas”. O así nos lo parecen porque son cotidianas, pero en realidad puede que sean momentos extraordinarios.

“Lo mismo ocurre con la vida, podemos amargarnos la existencia pensando en lo que perdimos, en lo que no tenemos y nunca tendremos o aceptar lo que hay y hacer con ello la mejor vida posible”.

Volviendo al tema de la comida, es un momento que a mí siempre me ha parecido algo extraordinario. Lo utilizamos para celebrar, para reunirnos con familiares y amigos, es el lenguaje de una región, una cultura y unas gentes. Pero, ¿por qué algo tan cotidiano como la comida, que además es una necesidad, es tan relevante? Es un momento para mimarnos, para cuidar a los demás, para mostrarnos, para aprender a valorar lo que nos rodea, desde los alimentos a las personas con las que los compartimos. Por eso, no debemos descuidarla. Es una de las muestras más claras de amor. Pero un amor sano, por su preparación, su origen, su simbolismo… todo el ritual completo. Habla mucho de nosotros, es un idioma en sí mismo. Con cuidado, más slow, bien hecho, con alma. Recuerdo mucho el proceso por el cual pasa la escritora del libro “Come, reza, ama” y no creo que sea una casualidad que lo primero que aprende, o reaprende, es a comer, a disfrutar de la comida y de todo a lo que esta está unida. Este título, yo lo resumo como: quererte a ti mismo, a lo que te rodea y a lo terrenal. Después estás preparado para amar al universo y ser espiritual. Para acabar volviendo a la tierra y amar a otra persona.

Igual no es casualidad, tampoco, que cuando hablamos de felicidad vayamos buscando “la receta”. Y quizá esta receta sea una de comida kaiseki, lenta, con amor, de temporada, aprovechando lo que hay. Por eso, yo propongo que vivamos más kaiseki.

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